Las consecuencias del cambio climático a medio plazo

El pasado miércoles 10 de junio, U.N. University, CARE International y la Universidad de Columbia dieron a conocer un informe que alerta acerca de las consecuencias a mediano plazo del cambio climático que está sufriendo nuestro planeta. Según este informe, millones de personas se verán obligadas a abandonar sus actuales lugares de residencia con el solo propósito de escapar de la crecida de los mares y de las terribles sequías que ya azotan cada vez más a las regiones en las que habitan.

Entre los países mencionados como los más afectados por este fenómeno se encuentra, por ejemplo, Egipto, un territorio que incluye un delta que cada año es protagonista de nuevas crecidas e inundaciones de sus aguas. Sólo para este siglo, se espera que el nivel del mar suba cuando menos un metro, algo que sin dudas traerá aparejados serios inconvenientes en pocos años. A esto se suman las torrenciales lluvias que acaecieron en el Sahara en el año 2004, un preludio de lo que podría seguir ocurriendo en el futuro si la situación no se revierte.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estima que en el año 2040, la temperatura habrá ascendido unos 3 grados en promedio en todo el globo. Como consecuencia, los glaciares continuarían el proceso de deshielo que ya sabemos en marcha, y las inundaciones seguirían en aumento.

El norte de África es una zona que se ve especialmente afectada: la crecida del nivel del mar Mediterráneo golpea de inmediato las costas de su litoral, provocando pérdidas materiales y dañando un territorio de cultivo que ya de por sí es poco fértil. Recordemos que sólo el 10 % de la superficie egipcia es cultivable. Además, las altas temperaturas generan otro daño: la evaporación de las reservas de agua, un recurso natural sumamente preciado, en especial en regiones áridas y desérticas como la mayor parte del territorio egipcio.

La incidencia en la economía de un país, sobre todo si éste forma parte de la porción subdesarrollada del globo, es también gravísima. Con un bajo nivel de producción agrícola afectado por las condiciones climáticas adversas, se hace necesario aumentar la importación de productos alimenticios para satisfacer la demanda de la población. Así, aumentan por partida doble las problemáticas sociales más básicas, como el hambre, la desnutrición y el desempleo.

La necesidad de inversión y planificación para solucionar y prevenir el agravamiento de estas situaciones que se están viviendo en el norte de África, y en particular en Egipto, es innegable.

Además, no podemos olvidar la importancia de la cooperación entre naciones vecinas. Creo que en situaciones como esta, que afectan a una región territorial tan amplia en lugar de a un país de manera aislada, deberían ayudarse entre sí antes que sólo esperar auxilio de las potencias económicas o de los organismos supranacionales.

Me parece que este es un buen momento para rescatar proyectos como el Convenio del Agua del Nilo entre Egipto y Sudán, que fue ratificado hace exactamente medio siglo, en el año 1959. Pasado tanto tiempo, sin dudas es necesario hacer revisiones y modificaciones que adecuen sus objetivos a las características actuales de la problemática; pero nada impide revalorizar este tipo de lazos, capaces de mejorar la realidad si se los lee a la luz de los hechos presentes.

Soy de la opinión de que tales acciones son válidas tanto para el norte de África como para todas las regiones a nivel mundial que se encuentran en una situación similar: con escasos recursos, amenazadas por el drástico cambio en las condiciones climáticas, pero con una población valerosa y bien dispuesta a detener los procesos destructivos y a mejorar su futuro.

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